Sucesos

La historia de la madre que quemó vivo al violador de su hija (+Detalles)

El suceso, que sacudió la opinión pública a principios de siglo, resurge oportunamente con la publicación de ‘Fuego’, de Gema Peñalosa, para reflexionar sobre la desprotección de las mujeres ante la violencia sexual

“Buenos días, señora. ¿Cómo está su hija?”. Estas fueron las siete palabras que desencadenaron el asesinato del Pincelito, siete años después de que violara a Verónica en Benejúzar (Alicante, Valencia). El agresor tenía 62 años; la niña, 13. Mari Carmen, madre de la víctima, acabó con su vida minutos después. Lo quemó vivo, sin más, en el bar Mary, después de rociar su cuerpo con gasolina. Sucedió el 13 de junio de 2005, cuando el violador disfrutaba de un permiso penitenciario. Ni siquiera tenía una orden de alejamiento asignada.

El perverso sarcasmo de Pincelito, que acababa de descender del asiento del copiloto de un coche rojo cuando Mari Carmen estaba sentada en la parada del autobús, se repetía en su cabeza como una insoportable letanía. Más allá de que el tribunal que juzgó su caso considerase que la agresora padeció un trastorno mental transitorio, el hecho se produjo con evidente alevosía: acudió dos veces a la gasolinera porque, en la primera ocasión, el empleado le comunicó que no tenía botellas, solo una lata. Pasó por casa para coger, por fin, una botella de plástico vacía con capacidad para un litro y medio de líquido.

No solo lo mató por rabia, sino por miedo a que cumpliera la amenaza sobre su hija: “Si se lo cuentas a tu madre, te corto el cuello con una corvilla”, le habría dicho a Verónica, desvalida tras la violación. Así se presentó Mari Carmen en el bar, apartó al gerente en mitad del transcurso hacia su destino innegociable y tocó el hombro del Pincelito. “¿Te acuerdas de mí?”, le dijo, pero el violador quiso desentenderse. “Pues para que no me olvides”, anunció. Y acto seguido vacío la botella sobre su cuerpo.

El agresor de su hija la empujó pero no pudo derribarla, así que Mari Carmen tuvo tiempo (y destreza) para prender la cerilla, que se despeñó al suelo mojado de carburante en el forcejeo con un cliente que trató de reducirla. El Pincelito “comenzó a arder como una antorcha”, según precisa Gema Peñalosa en Fuego (Libros del K.O.), el libro que hoy nos convoca, y a los diez días murió.

La periodista, que hoy se encarga de la información del Ministerio del Interior en el diario El Mundo, también cubre los sucesos, aunque pocos como el de Mari Carmen, Verónica y el Pincelito le han impactado tanto. Tenía 25 años cuando, según recuerda en El Cultural, comenzaron a circular las primeras noticias del ataque de Mari Carmen al Pincelito. Todavía se sorprende de que al principio no se informara de la violación, que fue el motivo por el que esta mujer quemó al sujeto.

Peñalosa, que ya se había estremecido con los crímenes de las niñas de Alcàsser, municipio situado también en la Comunidad Valenciana, siempre se ha preguntado por la desprotección de las mujeres víctimas de violencia sexual. Más allá del dilema moral que supone valorar el acto de la madre de Verónica, el hecho de tomarse la justicia por su mano, la periodista expone en este libro, a medio camino entre la crónica y el ensayo, algunas consignas ineludibles.

El objetivo, dice, era “plasmar la evolución de un caso que abarca 20 años y poder analizar cómo han cambiado las percepciones”. El arco temporal, efectivamente, se extiende desde la violación de Verónica en 1998, un año después de la sentencia del caso Alcásser, hasta el cumplimiento de condena de su madre en 2018. En ese mismo año, el Tribunal Superior de Justicia de Navarra condenaba a 9 años de cárcel a cada uno de los miembros de La Manada —apunta con tino Peñalosa—, el grupo de jóvenes que agredieron sexualmente a una chica en los San Fermines de Pamplona.

“Han sido años muy fructíferos”, celebra la periodista, pues “ahora los mecanismos son otros, hemos avanzado bastante y como sociedad hemos detectado esos resortes aprendidos”. Pero no olvida que a finales del siglo XX “un agresor sexual gozaba socialmente de un clima que permitía que esa violencia no se cuestionara”. Se refiere a la sospecha generalizada que habitualmente se cernía sobre las víctimas. En el caso de Verónica fue mucho más traumático, pues su condición de adolescente problemática le restó credibilidad. “No era la víctima ideal”, lamenta Peñalosa.

Por si fuera poco, la familia no era precisamente popular en el pueblo, al contrario que el Pincelito, hijo de un histórico alcalde comunista que, a pesar de que le fueron atribuidos decenas de crímenes, sí gozaba de buena reputación. En consecuencia, fue el violador quien recibió el respaldo de los habitantes de Benejúzar, que incluso organizaron manifestaciones en su apoyo, mientras que la víctima y su familia no obtuvieron más que rechazo. Verónica pasó a ser “la violá” y tuvo que escuchar, en boca de algún hijo del Pincelito, frases del tipo: “¿Te ha gustado mi padre?”.

«Un agresor sexual gozaba socialmente de un clima que permitía que esa violencia no se cuestionara». Gema Peñalosa

Ni siquiera la noticia sobre los restos de semen aparecidos en la ropa de la menor detuvieron el avance del acoso hacia ella. “Sin rotura del himen no hay violación”, arguyeron algunas voces. Pese a que “la tasa de acusaciones falsas en delitos sexuales es alrededor del 3%”, según recoge la periodista, que se remonta hasta la Biblia para descubrir que ya entonces se producían denuncias fraudulentas, las explicaciones de este tipo siguen siendo hoy muy recurrentes.

Con todo, “en 1998 las víctimas no disponían del arsenal económico, psicológico y social” con el que cuentan actualmente, recuerda Peñalosa. Y añade: “Estaban muy desprotegidas y muy solas”. Tanto que “cuando la niña (Verónica) fue violada, no se estableció un protocolo escolar ni se puso un servicio psicológico a su disposición”, cuenta la periodista, que además considera que “la incomprensión social ha sido una constante en nuestro país”.

En unos días en los que se ha puesto tan en entredicho la Ley de Garantía Integral de la Libertad Sexual, impulsada por el Ministerio de Igualdad y conocida popularmente como ley del ‘solo sí es sí’, la lectura de este libro resulta muy pertinente. Las rebajas de las condenas y las excarcelaciones han suscitado críticas enardecidas en la oposición. Fundadas o no, Fuego se revela como un documento muy oportuno para la reflexión. «Está claro que ha habido un error técnico, un mal cálculo de las repercusiones», concede Peñalosa.

Sin embargo, «la idea general es buena porque la ley es mucho más amplia», dice la periodista. «Por cuestiones obvias, sólo se ha dado publicidad a su parte final: la que modifica el Código Penal y baja las penas mínimas», añade. «Ahora donde estaban las agresiones tienen que caber los abusos. En conjunto es positiva porque en ella vemos un intento de proteger más a las mujeres, a las víctimas, con más medios, más recursos y más apoyo a través de las instituciones, entre otras muchas cosas. Hemos visto la parte pequeña de una ley mucho más beneficiosa pero, claro, esa parte sí puede ser criticable», concluye.

La naturaleza ensayística de esta crónica, tal y como apuntábamos, pone el foco en la evolución jurídica de los casos de violencia sexual sufrida por mujeres. Fruto de una intensa y rigurosa documentación, el libro de Peñalosa justifica la importancia del movimiento feminista en este sentido, pues contribuyó al desarrollo y la mejora del tratamiento de los casos de violación.

Amén de lo jurídico, en el plano policial “las pruebas de ADN supusieron un avance capital para la investigación de violaciones”, escribe la periodista, ya que antes “la recogida de pruebas se hacía de manera desordenada y caótica”. Además, Peñalosa bucea en la historia de los traumas derivados de la violación —Verónica mantuvo una actitud reacia a tratar con hombres durante un largo periodo de tiempo— y apunta que la asistencia psicológica en este tipo de casos es muy reciente. La Ley contra la violencia de género se aprobó en 2004, recuerda en El Cultural.

«La incomprensión social ha sido una constante en nuestro país». Gema Peñalosa

Fuego se lee como una novela. Peñalosa desmenuza los pormenores del caso episodio a episodio, frase a frase, tras estudiar la sentencia y reunirse con Mari Carmen y Verónica para escuchar su testimonio. No falta la contextualización espacio-temporal: la mentalidad de la sociedad en aquellos años, la historia del pueblo, la genealogía de los personajes para discernir su importancia en la trama… Como toda gran historia, la de Fuego está repleta de los grandes asuntos de la condición humana: el amor, la muerte, la dignidad, la justicia.

La violación de Verónica sería un caso más de agresión sexual en los últimos años de nuestro país, si no fuera porque después se produjo la venganza de la madre de la víctima. La sutileza de Peñalosa para poner sobre la mesa el dilema moral que supone tomarse la justicia por su mano es más que loable, pues en ningún momento se desprende de la imparcialidad que le exige su oficio. A propósito, la cobertura mediática en los casos escabrosos “es cada vez más sensible”, celebra la autora.

Por otro lado, el interrogatorio del abogado de la acusación, que trataba de sembrar la sospecha sobre la víctima —no deja de sugerir que se lo inventa—, se antoja muy revelador respecto a lo que, en líneas generales, trata de expresar Fuego. «En un momento del interrogatorio a Verónica, el juez se dirigió al abogado del Pincelito”, leemos.

—¿Usted ha comido con esta señorita en la misma mesa?
—No
—Pues cuando coma con ella, la tutea. Mientras tanto, le habla de usted.

‘La historia de la mujer que buscó justicia en una botella de gasolina’, tal y como reza el subtítulo de la obra, está dedicada “a todas las mujeres que han sufrido violencia sexual”. Un gesto de dignidad que, con rigor y delicadeza, nos sirve en bandeja la periodista Peñalosa.

Con información del diario El Español

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