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Los últimos tres grandes dolores que golpearon el corazón de la reina Isabel

Reinó con temple y agallas durante setenta años y fue testigo y protagonista de los desafíos del último siglo. Y en todo ese tiempo de servicio, el mayor jamás prestado por un monarca después de Luis XIV hace más de tres siglos, Isabel II de Inglaterra estuvo casi hasta el final acompañada por quien fue su marido desde 1947, el príncipe Felipe. El Duque de Edimburgo murió hace exactamente un año y cinco meses, y la reina comenzó a apagarse desde entonces.

Detrás de esa gran mujer había un gran hombre, uno que aprendió a tolerar no ser el más poderoso de la pareja en una época en que eso era visto como un signo de debilidad, uno que estaba dispuesto a caminar tres pasos detrás de la madre de sus cuatro hijos, como él mismo le dijo a Jackie Kennedy durante la visita oficial al Reino Unido que el presidente y la primera dama de los Estados Unidos hicieron en 1961.

No fue sin resistencia, porque como casi todos los matrimonios que se aman, la mayor parte del tiempo caminaban juntos. La reina y Felipe se casaron enamorados, se conocían desde chicos y la leyenda dice que ella se ruborizaba al verlo en su uniforme de la academia naval, cuando él era el guapísimo príncipe de Grecia y Dinamarca, un heredero desterrado y pobre que había sido protegido económica y socialmente por sus tíos aristócratas y había aprendido el rigor del internado escocés de Gordonstoun.

La de ellos es una historia de amor de película desde el primer flechazo oficial, cuando él persiguió el barco de Isabel y sus hermanas en un bote a remo hasta que los largavistas de ella ya no pudieron alcanzarlo. Y aún después de ocho años de cartas de amor y promesas, no fue fácil que se aprobara la boda. La ascendencia de Felipe era germana, porque Mountbatten es en realidad una rama de la Casa Battenberg que había cambiado el apellido en la Primera Guerra Mundial, y el mundo aliado no quería tener nada que ver con Alemania apenas terminada la segunda, cuando el príncipe pidió la mano de Isabel II.

El apellido no fue un tema sólo entonces. En 1960, luego de una amarga crisis de pareja mientras él se adaptaba a los cambios propios de los comienzos del reinado de su mujer, Isabel emitió un comunicado en el que reconocía a sus hijos como Mountbatten-Windsor. Era su respuesta a la más famosa queja de Felipe: “No soy más que una maldita ameba. Soy el único hombre en el país al que no se le permite darles su nombre a sus hijos”. Tres años antes lo había nombrado príncipe del Reino Unido (La ley británica no prevé estatus de rey consorte), otra forma de sanar la herida.

Finalmente, Felipe encontró el lugar de lo que en inglés se llama un verdadero “Prince Charming”, el hombre más encantador y elegante del mundo al lado de una mujer práctica a la que su propio estilo –siempre monocromático– le importaba bastante poco. Un dandy, decían de él, la personificación del caballero inglés. Un florero, hubieran dicho tal vez si ella hubiese sido la elegante y él el rey.

Los unía la pasión por el deporte, la caza y los caballos. Los unía una manera de entender el mundo, y el mismo temple inquebrantable con el que Isabel supo llevar los conflictos en su patria por setenta años: en su matrimonio fueron setenta y cuatro. Más longevo y tan lúcido como la reina, a la que desarmaba a puro sentido del humor, sus achaques fueron la principal preocupación de la monarca en sus últimos años, y su muerte, tras la cuarentena compartida en el castillo de Windsor, el dolor que la quebró.

No fue el único, aunque sí el definitivo. Padecía hacía por lo menos una década el oprobio de su hijo preferido, Andrés. A diferencia de sus hermanos, más rígidos y distantes, el Duque de York era divertido y travieso, el que la hacía reír y la sorprendía, tal como muestra la ficción en la serie The Crown. La Reina no sospechaba que ese carácter desprejuiciado y alegre que supo conquistarla terminaría por convertirlo en el personaje más repudiado de la realeza británica.

En enero último, Buckingham anunció que los títulos militares y los patrocinios reales de Andrés habían sido devueltos a su madre y que dejaría de ser llamado “Su Alteza Real”. Fue cuando se confirmó deinitivamente que estaba implicado en la red de trata y prostitución del financista y abusador sexual Jeffrey Epstein, un día después de que un juez de Nueva York rechazó desestimar una demanda civil que alega que el príncipe en efecto agredió sexualmente a una de las víctimas de Epstein, de entonces 17 años.

La reina le había perdonado todos sus escándalos, pero ya no tuvo fuerzas para defenderlo hace seis meses. Había encontrado incluso la forma de mostrar su apoyo al príncipe al ser fotografiada a caballo con él en Windsor después de que mintiera en una entrevista a la BBC que la Casa Real consideró “un desastre catastrófico”. En la nota con la que intentaba limpiar su imagen tras la muerte del financista, en 2019, Andrés negó las acusaciones de Giuffre, que asegura que fue atacada sexualmente por él en marzo de 2001 en el departamento neoyorquino de la entonces novia de Epstein, Ghislaine Maxwell, y en la isla privada del empresario en las Islas Vírgenes.

Según dijo el príncipe, el día en que Giuffre fue abusada, él estaba con su hija en un local de la cadena británica Pizza Express en el sureste de Inglaterra. Cuando le preguntaron por qué se acordaba de ese dato tan concreto, él respondió que porque era “inusual” para él ir a esa pizzería. Sin embargo, el Daily Mail hizo una investigación que demostró que Andrés había mentido. Según ese medio, tanto el duque como un guardaespaldas de la Scotland Yard pasaron una noche en la casa de Epstein, y durante ese viaje de tres días a los Estados Unidos, Andrés habría abusado de Giuffre. La Casa Real ya lo había obligado entonces a alejarse de la vida pública. También a limitar sus viajes, ya que los especialistas temían que fuera detenido en Nueva York. Lo de enero fue el golpe de gracia.

Andrés, justo Andrés, que –nacido en 1960– llevaba ese nombre como homenaje al padre de Felipe, el Príncipe Andrés de Grecia y, fue el primero de los hermanos en ser llamado con el apellido Mountbatten-Windsor. Justo el príncipe que era el fruto del final de la crisis entre la reina y su marido. El primero de su maternidad como monarca y que llegó en un momento en que había ganado experiencia en el trono, y tenía un tiempo del que no dispuso con la llegada del primogénito, apenas terminada la Segunda Guerra Mundial y en plena reconstrucción del país, ni con la de su hija, cuando le tocó hacer largas giras protocolares por los países del Commonwealth, ya con su padre enfermo.

Andrés, el que pese a todo fue el que siguió “prestándole el hombro para que llorara” –según fuentes consultadas por el diario The Sun– en otro de sus últimos dolores, la separación del príncipe Harry y Meghan Markle de la monarquía. Hasta el final fue su soporte y confidente durante las derivaciones del Megxit, entre otras cosas, decían esas fuentes, “porque tiene demasiado tiempo libre”.

Y es que fue también el nieto preferido de Isabel II –tanto que Harry y Meghan bautizaron Lilibet a su hija en su honor–, quizá porque también era el impulsivo y el rebelde de su generación, el que le causó el último disgusto. Y no porque su carácter lo hubiera puesto en aprietos, sino porque, como antes Diana, ventiló sus intimidades en los medios y renunció a sus deberes reales –esos a los que ella se entregó por entero hasta el final de su vida–.

La portada de The Cut en la que Meghan dice que ella y Harry viven felices en Montecito, California, que todavía hace esfuerzos para perdonar a su familia política, y que eso le cuesta mucho, “sobre todo porque ahora podría decir cualquier cosa”, tiene apenas diez días y hay quienes dicen que a la Reina le dolió profundamente. Es imposible saberlo realmente.

Lo único cierto es que Isabel II tenía 96 años y había tenido el agotador privilegio de ser reina desde los 27. Que lo asumió con hidalguía y vivió lúcida y en ejercicio de sus funciones hasta el último momento y hasta el último sinsabor. Y que había perdido a sus tres rocas. Los que creen dirán que al menos ahora podrá volver a apoyarse en su “prince charming”. Los que no, simplemente asumiremos que la muerte también le llega a las inquebrantables.

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