Moisés Naím: “El régimen chavista ha perdido su máscara”

Para el escritor Moisés Naím, el régimen chavista ha perdido su máscara: su militarismo, autoritarismo, corrupción y desprecio por los pobres están a la vista.

Escritor y columnista venezolano, Moisés Naím | Foto referencial

Escritor y columnista venezolano, Moisés Naím | Foto referencial

El escritor y columnista venezolano Moisés Naím ha publicado recientemente un artículo titulado Venezuela: los progresistas del mundo no pueden seguir callados”. 

En el artículo, el escritor critica la Venezuela fundada por el fallecido presidente Hugo Chávez, “celebrada” y “admirada por los progresistas del mundo entero”.

Asimismo, Naím expresa que “solo un grupo de ingenuos o fanáticos” puede creer que “la calamidad” que vive Venezuela es culpa de los Estados Unidos, las élites o la caída de los precios del petróleo.

El régimen chavista ha perdido su máscara: su militarismo, autoritarismo, corrupción y desprecio por los pobres están a la vista”, añade.

Las acciones del “régimen” revelan “un cruel desprecio por los pobres”. Además, destaca que “el gobierno no tiene respuestas para la crisis, y su indiferencia al sufrimiento del pueblo es indignante”.

La izquierda progresista del mundo no puede seguir callada ante la tragedia de Venezuela. La ideología no puede seguir justificando el silencio”, concluye.

El artículo íntegro:

MOISÉS NAÍM
* Con Francisco Toro

Hasta hace poco, el régimen que fundó Hugo Chávez era objeto de admirada fascinación para los progresistas del mundo entero. Viajar a Venezuela a ver los logros de la revolución bolivariana se hizo parte de la agenda de una buena cantidad de activistas altermundialistas. La Venezuela de Chávez era celebrada.

Eso se acabó. La calamidad no se celebra. Y culpar de la catástrofe venezolana a los Estados Unidos, las élites o la caída de los precios del petróleo solo convence a un menguante grupo de ingenuos —o fanáticos—. El régimen chavista ha perdido su máscara: su militarismo, autoritarismo, corrupción y desprecio por los pobres están a la vista.


¿Por qué tardó tanto el mundo en enterarse? Porque Chávez innovó un nuevo modo de actuar en política en el siglo 21 al conjugar un simulacro de democracia con poder ilimitado y un ‘boom’ petrolero.

El primer ingrediente fue la manipulación del sistema electoral. Chávez rápidamente entendió la importancia de no aparecer ante el mundo como un militar más que gobierna autocráticamente. Mientras hubiese elecciones, él era un demócrata. A muy pocos fuera de Venezuela parecían interesarle los aburridos detalles acerca de listas de electores falseadas, el ventajismo descarado, el uso masivo del dinero del Estado para comprar votos o discriminar a la oposición o el hecho de que los árbitros electorales fuesen activistas del partido de gobierno. Fue así como Chávez se volvió un maestro en el paradójico arte de destruir la democracia a punta de elecciones.

Los venezolanos han votado 19 veces desde 1999, y el chavismo ha ganado 17 veces. Y después de cada elección, la Constitución era violada un poco más; los tribunales y organismos de control, más cooptados; los contrapesos institucionales, más debilitados y las libertades, más coartadas. El mundo no dijo nada.

El torrente de petrodólares que entró al país durante la larga bonanza petrolera de 2003-2014 fue amplificado por un masivo endeudamiento que hoy llega a $185 de impagables millardos. El dinero se usó con dos propósitos: subsidiar el consumo de las clases populares y la corrupción de la oligarquía chavista. Mientras tanto, la economía real caía en picada.


Al caer su popularidad, el gobierno tuvo que a cambiar de truco: tolerar derrotas electorales, pero inmediatamente quitarles recursos y autoridad a las instituciones cuyo control perdía.

Cuando Caracas eligió a un alcalde de oposición, Chávez primero le retiró sus principales competencias, y Maduro terminó encarcelándolo. Cuando los votantes le dieron el control de la Asamblea Nacional a la oposición, el Tribunal Supremo, abarrotado de chavistas, bloqueó cada uno de sus actos. El compromiso del gobierno con la democracia duró exactamente lo que duró su mayoría electoral.

Algo parecido ocurrió con los medios de comunicación. Chávez entendió que cerrar medios independientes dañaría su reputación internacional. Así que acudió a testaferros para comprar estos medios y garantizar su sumisión. Decenas de periodistas fueron silenciados y la libertad de prensa en Venezuela se convirtió en una farsa: la disidencia desapareció de los medios que llegan a la mayoría de la población.

La retórica chavista de solidaridad con los pobres también resultó ser fraudulenta. Los discursos de amor a los pobres encubrían el saqueo del país por parte de Cuba, de la inconmensurable corrupción de los militares y de los amigos y familiares del régimen. Un revelador ejemplo son los $ 100 millardos en ingresos petroleros depositados en el “Fondo de Desarrollo Nacional” que desaparecieron; el gobierno jamás rindió cuentas.

Las acciones del régimen revelan un cruel desprecio por los pobres. Al tiempo que las protestas de gente desesperada por el hambre son reprimidas con inusitada violencia, líderes chavistas aparecen ebrios en redes sociales encallando sus lujosos yates. Mientras niños recién nacidos mueren por la carencia de medicinas, el Tribunal Supremo, leal al gobierno, censura a la Asamblea por haber solicitado asistencia humanitaria internacional. El gobierno no tiene respuestas para la crisis, y su indiferencia al sufrimiento del pueblo es indignante.


Uno creería que saquear al Estado con las mayores reservas de petróleo del mundo sería suficiente, incluso para la más voraz élite cleptocrática, pero no. El régimen también está profundamente implicado en el narcotráfico. Las agencias antidrogas tienen a decenas de autoridades del alto gobierno venezolano en sus listas de capos de redes de traficantes.

A finales del año pasado, una operación en Haití grabó a dos sobrinos de la primera dama ofreciendo vender cientos de kilos de cocaína a ‘compradores’ que resultaron ser agentes de la DEA. Los sobrinos están tras las rejas en Nueva York, esperando su juicio. Su tía, la esposa del presidente, ha acusado a los Estados Unidos de haberlos secuestrado.

Uno pensaría que el mundo ya debería haber perdido la paciencia con estas aberraciones. Últimamente, la comunidad internacional reitera solemnemente su preocupación por Venezuela, pero estas declaraciones no han tenido consecuencias.

Lo mínimo que podemos hacer para honrar la memoria de los miles de venezolanos asesinados y los millones hambreados es hablar claro: la fachada democrática del chavismo se ha derrumbado; la cruel dictadura que solía esconderse tras ella está al descubierto. La izquierda progresista del mundo no puede seguir callada ante la tragedia de Venezuela. La ideología no puede seguir justificando el silencio.

Fuente: El Tiempo

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