¡Conócelo! El plan económico que aplicó Argentina para salir de la hiperinflación

Imagen ilustrativa

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Argentina salió de la hiperinflación cuando el ministro de Economía, Domingo Cavallo, logró que el Congreso en 1992 aprobara “la caja de conversión”, el cual establecía la paridad de un peso convertible por un dólar americano.

Según reseñó El Estímulopara emitir un peso tenía que entrar un dólar, lo cual fue considerado una regla monetaria “dura” porque no permitía la emisión de dinero inorgánico, por lo que “el gobierno central como las provincias y los municipios apelaron al endeudamiento externo”.

En ese sentido, la economía en la nación suramericana incrementó en un promedio anual de 8,2%durante cuatro años con la reelección de Carlos Menem.

Al caer el gobierno de Perón en 1956 el dólar ya valía 16 pesos, y la inestabilidad política y económica siguió deteriorando el valor de la moneda.

La aceleración de la inflación a niveles de 30% al mes que se registró hasta junio de 1995 con tasas de interés del orden de 50% mensual y el efecto Tequila para una Argentina necesitada de financiamiento externo, obligó a la aplicación del Plan Austral con el cambio de moneda.

Pero como todos los precios tenían una inflación implícita de 30% mensual en los contratos a futuro se aplicó el desagio, una tabla para evitar la fuerte transferencia de riquezas de deudores a prestatarios que se da cuando la inflación baja abruptamente y otras distorsiones por la existencia de contratos  indexados por lo cual, formalmente, el peso argentino se depreciaba frente al austral a la tasa de inflación anterior a la entrada en vigor del plan.

Paradójicamente, se requirió de una gran expansión de la base monetaria (M1), porque mientras hubo inflación elevada el público buscaba deshacerse de sus pesos cuanto antes, o bien comprando bienes, dólares o haciendo depósitos a plazo fijo.

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El empeño del presidente Raúl Alfonsín de mantener el plan de estabilización sin efectuar los cambios indispensables en la economía y un control del déficit fiscal, hizo que rápidamente se perdieran los efectos beneficiosos y se volviera a desatar la escalada inflacionaria hasta 200%, alcanzada en julio de 1989, lo que obligó a la entrega anticipada del poder a Carlos Menem y a la confiscación de los depósitos que fueron cambiados por un bono.

Ya con el gobierno de Menem registró otro episodio inflacionario hasta marzo de 1990. Luego debido a la aguda iliquidez se redujo sensiblemente la inflación mensual.

Domingo Cavallo, como nuevo ministro de Economía, logró que el Congreso aprobara en marzo de 1992 la caja de conversión, sistema que establecía la paridad 1 a 1 entre el peso convertible y el dólar de Estados Unidos.

La exigencia era que para emitir un peso era necesario que ingresara un dólar y retirarlo de circulación si salía del país, y resultó de la misma manera que lo había logrado el Plan Austral producir una disminución inflacionaria a un dígito, pero era una regla monetaria extremadamente dura porque impedía financiar con emisión inorgánica el déficit fiscal, por lo cual tanto el gobierno central como las provincias y los municipios apelaron al endeudamiento externo.

Se reestableció el crédito al consumo y la economía creció a un promedio anual de 8,2% los cuatro primeros años con la consecuente reelección de Menem, porque nada hay tan efectivo como un boom de consumo para lograr resultados electorales favorables.

El detalle estuvo en que al pretender mantener y hacer crecer los gastos corrientes, las provincias comenzaron a emitir bonos para pagar a sus asalariados y proveedores. Circulaban 19 bonos como moneda legal que destruían cualquier intento de contención monetaria para controlar la inflación.

Esto sumado al saboteo constante del Partido Populista (el peronismo en sus diversas variantes que reemplazaba ocasionalmente al Partido Militar que gobernó luego de los golpes de Estado), condujo a otra crisis con el abandono del poder del presidente Antonio de la Rúa en diciembre de 2001 y la asunción de cinco presidentes en diez días.

Se devaluó la moneda, que pasó del 1 a 1 a 4 a 1, eliminando el efecto de la convertibilidad y se desconoció la deuda externa de $100.000 millones con acreedores extranjeros, la más grande del mundo.

Consecuentemente se estableció el corralito, es decir, la imposibilidad de retirar fondos depositados en los bancos, licuando todos los pasivos especialmente el déficit fiscal, las deudas industriales, comerciales y agrarias, logrando la competitividad de las exportaciones, con la consecuente brutal caída brutal de la capacidad adquisitiva de los salarios, tanto que un jubilado llegó a cobrar nueve dólares al mes.

Las empresas sufrieron una aguda escasez de divisas para importaciones que debían recibir autorización previa, y la notable recuperación del precio de los commodities que se disparó de $140 a $600 la tonelada de soja, permitió al gobierno de los Kirchner volver a gastar desenfrenadamente y hacer crecer el Estado.

Se apropiaron de los depósitos de los fondos de pensiones privados, confiscaron la petrolera YPF y aumentaron la presión impositiva de 27% a 46% en diez años y llevaron el déficit fiscal a 8% del PIB y una inflación de 32% anual.

Con la llegada de Mauricio Macri al poder, se acordó con los tenedores de bonos que el gobierno kirchnerista mantenía impagos, liberar en un esquema de flotación el cambio congelado de $9,40 a $16 (hoy vale $18) y tomar deuda para aplicar un gradualismo muy criticado por los economistas ortodoxos.

Con esto ya aparecen señales claras en la economía y el empleo formal. Se espera un nivel de inflación de 22% anual para 2017 y de 15% para 2018, mediante absorción de liquidez y tasas de interés para bonos de 26,5% al año, con un Banco Central independiente que lucha por mantener el valor de la moneda reduciendo la inflación.

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